Estas reflexiones salen de más que 40 años de ministerio como sacerdote católico. Pasé la mayoría de estos años en la Diócesis de Charlotte que está situada en Carolina del Norte occidental de los Estados Unidos. Ahora, estoy jubilado, y vivo en Medellín, Colombia, y sigo sirviendo como sacerdote en la Arquidiócesis de Medellín.

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V DOMINGO ORDINARIO, 2020 (Is 58:7-10; 1 Cor 2:1-5; Mt 5:13-16)
Algunos de nosotros recordamos la televisión de los 50 y la antigua serie El Llanero Solitario. El mito del individualismo del oeste del pasado, por ejemplo el vaquero solito con su caballo luchando en el despoblado es precisamente un mito. Porque en la antigua serie, el llanero solitario no era solitario. Tenía a su fiel compañero, Toro. En el oeste del pasado un individuo aislado moriría. Es igual hoy. Una persona solitaria y aislada en este mundo no puede sobrevivir. Nosotros los humanos estamos interrelacionados.
Por eso, nosotros los católicos, no somos solitarios. Vamos juntos en la jornada de fe con todos nuestros hermanas y hermanos. Somos una sola comunidad compuesta de muchas comunidades. En la profesión de fe, decimos: Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica.
Sí, la iglesia es una: un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. El pan que compartimos es uno, en una sola comunión de amor. La iglesia es santa: compuesta de muchos pecadores, perdonados por el Espíritu Santo en el Señor Resucitado. La iglesia es católica . . . universal. Somos de muchos colores y muchos sabores. Somos multicultural. Hay más que un mil millones de nosotros católicos en el mundo. Y sin embargo, en la iglesia nadie es extranjero. Todos somos bienvenidos. Todos tenemos vocación. La iglesia es apostólica . . . fundada en la fe de los apóstoles, Pedro y Pablo. Nuestro mensaje es el testimonio apostólico que Cristo Jesús es el Señor. La maravillosa enseñanza sobre la comunidad cristiana es que no estamos solitos en el Señor. Pertenecemos a Cristo, pertenecemos los unos a los otros. Como San Pablo nos dice: Ustedes son el Cuerpo de Cristo.
La Comunión de los Santos significa que somos miembros de la misma familia. Celebramos nuestra comunión con Cristo . . . y también la comunión que tenemos los unos con los otros y con todos nuestros antepasados en la fe. Estamos unidos . . . y los lazos de amor son de nuestro bautismo en Cristo. Somos sellados con el Espíritu Santo. Para nosotros no queremos llegar solitos al Reino de los Cielos, queremos llegar todos juntos, con todos nuestros hermanas y hermanos. Aquí-vienen-todos es nuestro nombre. Es un poquito grande, nuestra familia . . . pero a pesar de todos los problemas . . . esta es nuestra familia. Aquí estamos en casa. Hay lugar para cada uno de nosotros alrededor de la mesa. La verdad de la iglesia . . . es que todos juntos estamos unidos.
Pues, todos juntos tenemos misión. Estamos llamados no solo para ser, pero para actuar. Tenemos una misión apostólica . . . igual a San Pedro y San Pablo. El viejo profeta Isaías nos dice: Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano.
Todo eso es muy familiar. Comparte tu pan con el hambriento . . . viste al desnudo. Escuchamos las palabras y por fin recordamos. Las Obras Corporales de la Misericordia.
Visitar y cuidar a los enfermos. Dar de comer al hambriento. Dar de beber al sediento. Dar posada al peregrino. Vestir al desnudo. Liberar al cautivo.
Como la canción de Arjona nos dice: Jesús, hermanos míos, es Verbo no Sustantivo. Estamos llamados a actuar. Como Jesús mismo nos dice: Ustedes son la sal de la tierra. Ustedes son la luz del mundo.
Y Jesús nos llama todos juntos. La Iglesia es más que una sola parroquia. La parroquia es una parte de la arquidiócesis. También la arquidiócesis es una parte de la Iglesia universal. Nuestro arzobispo, Ricardo está en comunión con el Obispo de Roma, el sucesor de San Pedro, el papa Francisco. Y por medio del papa Francisco, nuestro arzobispo está en comunión con los demás obispos. No somos cristianos aislados. Somos católicos. Somos miembros de la misma familia, en una sola comunión de amor. No somos solitarios ni individuos aislados. Y tenemos una misión apostólica para ser sal de la tierra y luz del mundo. Todo esto significa que los hambrientos y los desamparados no son una molestia. Tampoco los sin techo, los enfermos y los encarcelados, y los refugiados y los inmigrantes . . . no son una estadística par olvidar. Todos aquellos son la razón que estamos llamados por el Señor. Todos los necesitados son el propósito de la iglesia. Cuidar de ellos es nuestra misión: Hacer el bien . . . vivir nuestra fe . . . ser las manos y el corazón de Cristo. Esto es nuestra misión, nuestra misión apostólica. Sal de la tierra, luz del mundo. Esto lo somos.
Separados, aislados, solitos . . . los humanos no pueden sobrevivir. Tampoco los cristianos. No somos llaneros solitarios. Somos católicos. Somos la iglesia . . . con muchos hermanas y hermanos. Y la verdad de nuestra fe es muy sencilla: no somos solitos. Cristo está con nosotros. Y en Cristo, estamos todos juntos.

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LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR, 2020
(Mal 3:1-4; Heb 2:14-18; Lc 2:22-40)
Hay un viejo refrán que se dice:
Nunca juzgues a otra persona sin haber caminado un kilómetro con sus zapatos.
El refrán es muy viejo. Mi mamá tenía otra versión del refrán. Pues, a mi mamá querida le gustaba dar limosnas a las asociaciones de caridad. Una vez ella dio una limosna a la escuela de Santa Catalina de los indígenas de Estados Unidos. Y un poco después ella recibió una chuchería de la escuela. Fue una placa con el mismo viejo refrán pero con un pequeño cambio:
Nunca juzgues a otra persona sin haber caminado un kilómetro con sus mocasines.
Los mocasines son los zapatos de los indígenas. Mi mamá recibía un montón de chucherías . . . pero de todas las chucherías, no puedo olvidar el refrán de la escuela de los indígenas:
Nunca juzgues a otra persona sin haber caminado un kilómetro con sus mocasines.
Hay cosas que se pegan en la cabeza . . . que no podemos olvidar.
Creo que Dios tiene el mismo problema. No sé si Dios recibió la misma placa con el mismo refrán de la escuela de los indígenas . . . pero Dios lo conoce bien . . . especialmente de la parte:
sin haber caminado un kilómetro con sus mocasines.
Esa parte Dios se lo toma en serio. Nuestro Dios no es un Dios lejano. Dios nos sale al encuentro. Dios nos quiere conocer. Quiere caminar con nuestros mocasines. Esto es la verdad de la Encarnación: que Dios nos sale al encuentro. Lo que celebramos en la Navidad es que Dios ama a la raza humana . . . y quiere ser uno con nosotros en Cristo para unirse con nosotros en el camino de la vida. Dios quiere caminar con nuestros mocasines. Como el profeta Malaquías dice:
De improviso entrará en el santuario el Señor, a quien ustedes buscan, el mensajero de la alianza a quien ustedes desean.
El nombre original de la fiesta de la Candelaria o la Presentacíon del Señor, es el Sagrado Encuentro. En griego, el Hypapante. Lo que celebramos en esta fiesta es el encuentro que tenemos con Cristo Jesús, nuestro Dios que nos sale al encuentro. Nuestro Dios no es lejano . . . al contrario, Dios nos viene para vivir con nosotros, para caminar un kilómetro en nuestros mocasines.
Hay muchos encuentros con el Señor. Jesús nos viene en los sacramentos y sobre todo en el sacramento del altar, el sacramento de su Cuerpo y Sangre. Jesús nos viene en su palabra proclamada en la asamblea. Jesús nos viene en la comunidad cristiana que es el Cuerpo de Cristo en el mundo . . . y como el papa Francisco nos recuerda que Jesús nos viene en los pobres y los desamparados. Y hoy en esta misa de la Candelaria, en esta fiesta del Sagrado Encuentro, celebramos todos los encuentros con el Señor. Y vamos al encuentro del Señor, caminando en la luz de la fe. Y como los viejos Simeón y Ana . . . podemos cantar con alegría:
Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz,
porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.

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02/02/2020
La Fiesta de la Candelaria
Hoy hace 50 años fui bautizado en la Catedral Basílica de la Concepción Inmaculada en Mobile, Alabama. Fue el día 2 del mes 2 del año 1970. Yo tenía 20 años.
Hace poco escuchamos el evangelio del llamado de los primeros discípulos. Siempre con Jesús el llamado invita a caminar: “Ven y sígueme”. No podemos quedarnos sentados . . . Jesús está en marcha. Hay que alcanzar al Señor.
Para mi el llamado fue al ministerio y al servicio. Solo 8 años después fui ordenado sacerdote. Nunca podría imaginar una jornada más interesante y desafiante.
A través de esto 50 años, me quedo agradecido por todos los momentos en los cuales la presencia del Señor estaba manifestada. No hay muchos de nosotros que podemos recordar nuestro propio bautismo. Y esto es una lástima. Tener 20 años cuando fui bautizado cambió todo en mi vida. ¿Entonces los bebés deben ser bautizados? ¡Claro que sí! Pero si Dios tiene un plan para que una persona llegue al agua como mayor . . . no hay problema. Al contrario, es una extraordinaria experiencia de la gracia del Señor. Yo siempre estoy agradecido.

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Arrancando este año nuevo de 2020, estoy pensando en mi querida mamá, Norma. Mi mamá no tenía miedo de nada. Ella quería montar en un globo, y por ser buen hijo, arreglé todo para ella y su mejor amiga. No estoy seguro que su amiga quería montar en el globo, pero cuando mi mamá subió en la canasta del globo, su amiga la siguió.
Pienso en mi mamá en el comienzo de 2020, porque todos nosotros nos falta un poquito de su valentía. Nuevas aventuras están por delante. ¡Qué todos tengamos feliz aterrizaje!