Estas reflexiones salen de más que 40 años de ministerio como sacerdote católico. Pasé la mayoría de estos años en la Diócesis de Charlotte que está situada en Carolina del Norte occidental de los Estados Unidos. Ahora, estoy jubilado, y vivo en Medellín, Colombia, y sigo sirviendo como sacerdote en la Arquidiócesis de Medellín.

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“No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?” Ellos contestaron: “Sí podemos”. Y él les dijo: “Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado”. (Mt 20:22-23)
Cuando el Señor dice a los dos discípulos ambiciosos, "Beberán mi cáliz", no está hablando de una copa de oro en el altar. Como dice San Juan Crisóstomo: Dios no quiere copas de oro en el altar, sino corazones de oro en nosotros.

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"Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra". (Mt 23:3)
En el rito de ordenación de diáconos, el obispo entrega el Libro de los Evangelios al ordenado y dice: "Recibe el Evangelio de Cristo. Cree lo que lees, enseña lo que crees, y vive lo que enseñas." Un buen recordatorio para todos.

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En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre, que decía: “Éste es mi Hijo amado; escúchenlo” (Mt 17:5).
En la gloria de la Resurrección, Jesús es transfigurado y nosotros también. Lo vemos en nueva luz, y echamos un vistazo a la gloria que nos espera en la Pascua que no acaba.

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Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian. (Mt 5:44)
El Señor nos conoce bien . . . amar a nuestros enemigos. Y ¿cómo? El nos da ejemplo. En la Cruz Jesús dice: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34).