Estas reflexiones salen de más que 40 años de ministerio como sacerdote católico. Pasé la mayoría de estos años en la Diócesis de Charlotte que está situada en Carolina del Norte occidental de los Estados Unidos. Ahora, estoy jubilado, y vivo en Medellín, Colombia, y sigo sirviendo como sacerdote en la Arquidiócesis de Medellín.
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R. Tu eres, Señor, la fuente de la vida. Porque tú eres, Señor, la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz. R. Tu eres, Señor, la fuente de la vida. (Salmo 35)
Cuando yo era niño, viajamos a Saint Augustine, Florida. Visitamos la antigua fortaleza de los españoles y la Fuente de la Juventud. Supuestamente el explorador español, Ponce de León, descubrió la Fuente de la Juventud allí. Me recuerdo que tomamos el agua, pero creo que no funcionó. De veras, lo que estaba buscando no era la Fuente de Juventud, sino la Fuente de la Vida.
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Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y exclamó: “¡Rabbuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. (Jn 20:14-16)
Fue el amor que impulsó a María Magdalena para ir al sepulcro el primer día de la semana. Aunque ella pensaba que Jesús Resucitado era el jardinero, cuando le llamó por nombre, “María”, ella contestó con fe, “Maestro”. Después se fue para decir a los otros de la resurrección. Es por eso que la iglesia primitiva, la llamó “la Apóstola a los Apóstoles”. Todavía María Magdalena tiene mucho para contarnos.
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En aquel tiempo, Jesús estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus parientes se acercaron y trataban de hablar con él. Alguien le dijo entonces a Jesús: “Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, y quieren hablar contigo”. Pero él respondió al que se lo decía: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. (Mt 12:46-50)
San Agustín sabía que nosotros somos hermanos y hermanas a Jesús. Pero se preguntaba como nosotros podríamos ser madres al Señor. Por fin, San Agustín dijo que podemos ser madres al Señor cuando compartimos la fe con los demás. ¡Que bacano—dando luz al Señor en la vida de otros!
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Te ha explicado, hombre, el bien, lo que Dios desea de ti: simplemente, que respetes la justicia, que ames la misericordia y que andes humilde con tu Dios”. (Miqueas 6:8)
Este versículo es el más famoso de todos los libros de los Profetas gracias a las hermanas católicas; porque las hermanas religiosas tienen este versículo grabado en su corazón.
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En aquel tiempo, los fariseos se confabularon contra Jesús para acabar con él. Al saberlo, Jesús se retiró de ahí. Muchos lo siguieron y él curó a todos los enfermos y les mandó enérgicamente que no lo publicaran, para que se cumplieran las palabras del profeta Isaías: Miren a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones. . . . . Y en él pondrán todas las naciones su esperanza. (Mt 12:17-18, 21)
La Cristología es el estudio de Cristo y su naturaleza. En el evangelio de hoy, según San Mateo, tenemos uno de los cantos del Sirviente del profeta Isaías: Jesús es el Sirviente del Señor. Es interesante que la justicia es esencial para conocer a Jesús. Porque Jesús es nuestra esperanza.
